Veintidos treinta y siete minutos de la noche,
la luna posa ya sobre nosotros desde hace varias horas.
Sentada, notando mi propia respiración,
agotada, acabada y llegado un punto del no poder más,
en el que te acabas rindiendo.
Qué te da fuerzas para seguir? Qué merece tanto la pena
que no te haga renunciar a todo?
Con volátiles sensaciones atravensando tu cuerpo,
te notas apagada, sin pizca de valor para enfrentarte a nada.
Y notas, y prensientes, y abarcas la idea de sentirte sóla,
pero no aquel sóla de "oh que mala es la soledad",
sino aquella que a veces piensas que es maravillosa,
aquella que aunque estés con gente la percibes,
aquella que no te abandona nunca,
aquella que de verdad existe.
Que en esta vida lo único que sirve es ser egoísta,
mirar por uno mismo, aunque dejes atrás cosas
que tal vez no quisieras, pero que sabes que al fin y al cabo
no van a existir para siempre.
Y ese día en el que acabe su existencia te darás
cuenta para qué sirve. Para empezar de nuevo
pero con más ganas que antes, para despertarte
con una sonrisa en la boca y con ganas de comerte al mundo.
Porque una debilidad de ellos, es una fortaleza tuya,
corre sin miedo a dejar nada atrás tan veloz como puedas
liberándote de todo aquello que te encierra hasta notar
la suave y gélida brisa en tu cara.
Y entonces llegará un momento en el que vuelvas a encontrar
la felicidad, la cual creías que había dejado de existir,
aprendiendo que lo pequeño es grande día a día.

.jpg)